Es Domingo cuando escribo esto, casi dos días completos después del terremoto. Ahora, en casa y con un poco más de perspectiva, con los nervios algo más calmados, me puedo poner a relatar cómo ha sido mi experiencia en todo este asunto. Me pilló en mi trabajo, en la oficina, después de trabajar. Décima planta de 20 pisos.
Sentado delante del ordenador, terminaba de hablar con un compañero que se sienta a mi lado. El temblor empezó y todos nos quedamos callados, como en otras ocasiones. Pasan unos 10 segundos, y entonces, es cuando todo se empieza a mover realmente fuerte. En mi anterior entrada dije que había sido el terremoto más fuerte que había sentido, y Nora, con mucho sentido (como siempre) me decía en los comentarios que no le había parecido tan fuerte a ella. Obviamente, hablaba con la experiencia de una persona que sabe bastante más que yo de estos temas. Pues bien, después de esos primeros 10 segundos de balanceo, comprendí en un segundo que, efectivamente, ese terremoto que sentimos dos días antes, con origen en la misma zona del que estaba meneando mi edificio y el resto de la zona norte del país, no era un terremoto como todos los demás. Realmente, pasé mucho miedo, por un momento pensé que el edificio se caía y no lo podría contar. Pensé que había que salir del edificio, así que me levanté, pero no podía mantenerme en pie. En ese momento, sólo pide arrodillarme y agarrarme a la pata de una mesa. Fueron, creo, un par de minutos así, que se hicieron increíblemente largos. Cuando todo paró, el edificio aún se mecía suavemente, y pude levantarme. Con dedos muy temblorosos, pude enviar un email a mi familia, con dos palabras: Estoy bien. Por la ventana se veía una columna de humo al fondo, en Odaiba.
Me temblaban las piernas. El edificio se seguía meneando, y los edificios altos al lado del mío, estaban también, meneándose. En el pasillo, otras empresas estaban evacuando a sus empleados por las escaleras de emergencia. Yo le dije a mis compañeros que saliéramos, pero nadie salía, para mi sorpresa, todos estaban todavía sorprendidos y diciendo “Yabai” (terrible, en el sentido de sorpresa). Presa de los nervios, cogí mi mochila y chaqueta y salí por las escaleras de emergencia, con el resto de gente; Bajando las escaleras de emergencia, de hierro (de las “ligeras”), empezó la primera réplica, la más fuerte de todas las muchas que hubo después (aunque yo no lo sabía, todavía). No era posible soltar el pasamanos de la escalera, que se retorcía en cada meneo, aunque nunca sentí que se fuera a romper ni nada parecido. Nadie gritaba, nadie se empujaba… todos bajábamos lo más rápido que podíamos por la escalera. Al llegar abajo del todo pudimos salir a la calle siguiendo la señalización y el “río” de gente. En la calle había muchos esperando a que todo se calmara. Se podía ver como las torres altas aún se movían un poco pero estaba todo mucho más tranquilo. Este video (que yo no he sacado) muestra ese momento.
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